Siempre me han dicho que debería tener un blog de humor. Que es tan gracioso. Que soy tan graciosa. Que la vida narrada por mí es tan graciosa.
Lo gracioso, realmente, es que no puedo empezar a escribir sin que me embargue una melancolía inmensa. Es como si mis dedos reconocieran ese lejano hogar de la adolescencia, ese único espacio de desahogo, que entregaban las palabras que nunca se pronunciaban. Esas palabras tan estériles que se sembraban en un papel para dar paso a nada. Nada de nada.
Entonces, trato de transmitir esa alegría del día a día (¿o acaso será un constante acto de cinismo?) a través de este medio y mis manos me traicionan. Los dedos no llegan a las teclas que quiero llegar y todo es ese ir y venir de la mente que, como el oleaje del mar, aparece de improviso con furia y luego se desvanece dejando el vacío.
Vacío.
